El dolor es la respuesta fisiológica normal del organismo frente al daño de los tejidos. Cuando digo “normal” no significa que deba existir permanentemente o que sea normal su permanencia. Significa que el dolor nos permite hacer consciente un daño, y actuar en consecuencia. Por ejemplo, si toco algo caliente, el dolor hace que rápidamente retire la mano, y luego (unos milisegundos después) identifique que parte del cuerpo me quemé. Cuando nos golpeamos y lastimamos, no solo me permite identificar la parte dañada, sino que mediante esa inflamación el organismo trae a la zona factores de regeneración que tenemos en la sangre. Es decir que el dolor es la consecuencia de un proceso de reparación de un daño, y que comienza aun en etapas muy tempranas, a veces incluso antes que seamos consciente de ese daño.

La neurofisiología del dolor es súper compleja, y no voy a ahondar en ella, pero si es importante saber que, si bien el dolor es causado como consecuencia de la liberación de muchos factores inflamatorios en el lugar, y que estos factores tienen como objetivo iniciar una reparación de un daño, hay otros factores que influyen en la aparición, desaparición e intensidad del dolor.

De este modo sabemos que si estamos en medio de una situación de stress o de exigencia el dolor no lo sentimos con la misma intensidad en el momento. Por ejemplo, si estoy jugando un partido de futbol y sufro una lesión mínima, en el momento puedo seguir jugando y el dolor no es tan intenso, pero al pasar al reposo, siento todo el dolor en su totalidad.

Del mismo modo, si estoy en un estado de angustia, ansiedad o depresión, muchas veces los dolores suelen intensificarse.

Esto es porque los estados anímicos, emocionales, psíquicos, etc., alteran las vías de transmisión nerviosa a nivel de la medula y dentro del cerebro y regulan en mas o en menos las sensaciones dolorosas.

Por eso es de vital importancia acompañar cualquier tratamiento físico para el dolor, de algún tratamiento que regule y ayude a mejorar el estado anímico y emocional de la persona, para que su tolerancia al dolor se vea incrementada y de esta forma potenciar la analgesia (es decir, el tratamiento “anti-dolor”).

Por eso en mi experiencia he visto que la terapia integral del dolor suele ser la indicada. La combinación de la acupuntura y la apiterapia (inyección de la toxina de la abeja) se ve mucho más potenciada si además de ellas, el paciente puede abrirse y contarme un poco más de su vida, sus sufrimientos “no físicos”, alguna otra enfermedad que sea concomitante, que este padeciendo en ese momento, alguna sensación psíquica de disconfort, en fin, contarme un poco más, y ampliar la mirada más allá del dolor físico que lo trae a la consulta.

Con este tratamiento integral logramos:

  • Con homeopatía como base fundamental equilibrar el organismo de manera física, psíquica, emocional y funcional. Tratando otras dolencias, enfermedades que puedan existir además del dolor.
  • Con la acupuntura se trabajan las zonas dolorosas, pero también se utilizan puntos a distancia que tratan regiones más amplias y actúan en las vías nerviosas dolorosas calmando el dolor.
  • Con la apiterapia, que es la inyección de la toxina de abeja, se logra disminuir los factores químicos locales que estimulan las vías del dolor, causando analgesia local; y por otro lado cuenta con factores químicos que son capaces de iniciar la regeneración tisular sin causar dolor.

Además de la terapia médica, siempre es conveniente acompañar el tratamiento con actividad física, una dieta y nutrición adecuadas, y junto a un profesional kinesiólogo, preferentemente especializado en osteopatía. Esto último es más que necesario sobre todo en dolores ocasionados por lumbalgias, hernias de disco, o problemas donde haya contracturas o movimientos de estructuras óseas.

Como resumen, podemos decir que, de alguna forma, el dolor termina siendo muchas veces lo más sencillo de tratar, si se tiene en cuenta la complejidad de la mente humana y del papel de las emociones en las enfermedades. Por esto es fundamental acompañar cualquier tratamiento superficial y local del dolor, con alguna terapia que nuclee e integre a toda la persona que sufre, para lograr un resultado más efectivo, duradero, natural y completo.