La presión arterial es lo que hace que la sangre circule por los vasos de nuestro organismo, y dicha circulación es necesaria para la correcta oxigenación y nutrición de nuestros tejidos.

La medición de la presión se obtiene con un tensiómetro que censa la presión que ejerce la sangre circulante contra las paredes de los vasos arteriales, y son dos los registros. La llamada presión sistólica es el número más alto y la llamada presión diastólica el más bajo. El hecho que uno sea mayor al otro hace que, por dicha diferencia, la sangre pueda circular.

Cuando la presión arterial excede los límites considerados normales, se habla de Hipertensión arterial. Y puede haber elevación de cualquiera de las dos presiones (la sistólica o la diastólica) o de ambas a la vez.

Entre las causas de la hipertensión encontramos el tabaquismo, el sedentarismo, la obesidad, el stress continuo, la ingesta de bebidas alcohólicas, trastornos hormonales, trastornos renales, trastornos del sistema nervioso, ingesta de elevada cantidad de productos con sodio (por ejemplo, la sal de mesa), etc.

A largo plazo la elevada presión arterial puede dañar la circulación sobre todo en los vasos de menor calibre, dando así complicaciones como el accidente cerebrovascular, problemas en la retina, en los pequeños vasos sanguíneos de la circulación renal, etc. En si la hipertensión, no daña directamente, sino que lo hace a través de sus complicaciones.

Por esto mismo es que se dice que “la hipertensión no tiene síntomas”, lo cual es lógico de pensar a priori porque como solo afecta nuestro organismo a través de complicaciones, recién aparecen síntomas cuando aparecen las mismas.

Esto es parcialmente correcto, pero no tanto, y aquí es necesario introducir el concepto de síntoma que plantea la homeopatía.

A diferencia de la medicina alopática, en homeopatía observamos signos y síntomas que parecen insignificantes o que difícilmente se puedan relacionar con la enfermedad en cuestión. Por ejemplo, puede haber dos pacientes con hipertensión y los dos estar medicados con la misma medicación, y sin embargo uno de ellos se levanta por la noche con un fuerte deseo de beber agua helada y el otro en cambio nos dice que por la mañana se levanta con una sensación de tristeza que la ubica en el pecho. Ambos son síntomas y con frecuencia el segundo es desestimado por la medicina alopática por ser algo que “debe verse con el psicólogo”.

Para la homeopatía síntoma es toda aquella sensación o función desagradable que manifieste nuestro cuerpo y que de alguna forma limita o entorpece nuestro cotidiano fluir. Por ejemplo, si comienzo a no tolerar los olores fuertes, voy a dejar de usar perfumes o frecuentar lugares como estaciones de servicio donde pueda entrar en contacto con dicha fuente de malestar, pero de ninguna manera iré a consultar al médico por ello. Si a lo dicho, se agrega que transpiro mucho de noche, en invierno y verano, simplemente me levantare una vez por la noche a cambiar la remera o dar vuelta la almohada mojada en transpiración y seguiré durmiendo como si nada. En fin, uno se va acostumbrando a esos síntomas, y va modificando su vida y adaptándose, sin prestarle mayor atención. Hasta que un día tengo un fuerte dolor de cabeza y entonces si consulto a una guardia, y al tomarme la presión esta me da elevada (el valor normal de la presión arterial es 120/80, mayor a 130/80 se considera hipertensión), y el médico me diagnostica hipertensión y me advierte que esta no da síntomas, por lo que hay que medirla con frecuencia.

Lo que ninguno advirtió es que nuestro organismo nos estuvo dando señales de que algo no andaba bien. Y las señales son de lo más variadas, y puede haber tantas formas de presentación como personas, ya que cada uno enferma como puede y no como quiere.

De este modo observamos que las enfermedades en general, pueden no dar síntomas, pero las personas sí. Y los síntomas pueden ser de lo más diversos y pueden ser de lo más antiguos, y haber comenzado incluso en nuestra niñez. Esto se debe a que las enfermedades o los padecimientos que tenemos en la actualidad son consecuencia del devenir cotidiano de cada una de nuestras vidas, y son expresiones de un desequilibrio profundo originado por aquellas cosas a las que somos sensibles desde el nacimiento.

Entonces, ¿cuál es el tratamiento de la hipertensión desde el punto de vista homeopático? Pues bien, para comenzar hay que revisar los hábitos de vida (actividad física, tabaquismo, alimentación, etc.), luego revisar aquellas causas socio-ambientales (trabajo, familia, entorno, circunstancias económicas, de educación, culturales, etc.). Luego de esta revisión, se deben introducir aquellos cambios que se consideren según cada caso en particular, para evitar por un lado que se siga perpetuando la condición de hipertensión; y por otro lado para que cuando se inicie un tratamiento medicamentoso, el mismo sea efectivo y esté libre de obstáculos.

En la misma sesión, se recaban con sumo detalle todos los síntomas, atendiendo no solo a los síntomas que pueda o no provocar la hipertensión o sus complicaciones, sino atendiendo a la totalidad de la persona y como a lo largo de su vida se ha ido adaptando a las diferentes adversidades; su forma de reaccionar, su resiliencia, su capacidad de adaptación. Hay que tener en cuenta las sensaciones desagradables tanto físicas como anímicas y emocionales, y revisar no solo las funciones del cuerpo, sino de la mente, la voluntad y el entendimiento.

Con todo esto, se llega a una conclusión, que suele ser un detallado informe individual el cual se va a corresponder con un medicamento que debe ser administrado de manera apropiada para cada caso. Cabe destacar que no hay un único remedio para la hipertensión, porque el remedio se le da a la persona que tiene hipertensión, para tratar todas aquella causas físicas o anímicas que llevaron a su organismo a manejar valores elevados de presión arterial. En conclusión, el mejor remedio para la hipertensión es el que trata al paciente y no a su condición particular.